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Edgar Allan Poe
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Poe captivates audiences across continents...

French

Résumé de sa vie

Edgar Poe était un poète américain, écrivain de la nouvelle, journaliste, et critique littéraire qui vivait de 1809-1849. Il est né à Boston le 19 janvier 1809 et été rendu orphelin très jeune.  Il a été envoyé pour vivre avec la famille (Allan) à Richmond. Il n'a été jamais adopté officiellement par la famille Allan et éventuellement il a été désavoué par la famille.

Poe a gagné un concours de la nouvelle en 1833, et deux années plus tard devenu une critique littéraire pour le magazine (Le Messager Littéraire Du sud).  Peu après, il a épousé sa cousine âgée de 13 ans, Virginia en 1836.  Il est devenu célèbre aux États après la publication de son poème Le Corbeau en 1845.

Malgré que ses périodes de dépression et d'ivresse,  il a continué à produire des excellentes nouvelles  (Double assassinat dans la rue Morgue, le Scarabée d'or) qui sont répandues en Amérique, en Angleterre, et surtout en France.  Beaucoup de ses contes ont lieu en France. (Le poète Baudelaire a traduit beaucoup de ses contes)

Malheureusement, après la mort de sa femme (1847),  il est mort deux années plus tard au 7 octobre 1849.   La vie de Poe est pleine de controverses et sa réputation l'a gagné les commentaires suivants:

Avec l'aide de ses histoires psychologiques, les critiques l'ont proclamé nécrophilique, dipsomane, paranoïde, impotent, névrosé, oversexed, toxicomane, jusqu'à tout le public le tient pour une créature instable qui est assis dans une pièce sombre et mélancolique, le corbeau sur la porte, la bouteille sur la table, l'opium dans la pipe, et en train de gribouiller des vers furieusement.
(Bittner, William. Poe : A Biography. London : Elek Books, 1962.  page 9)

Lénore
par Edgar Poe (1831)

Ah! brisée est la coupe d'or! l'esprit à jamais envolé. Que sonne le
glas! une âme sanctifiée flotte sur le fleuve stygien ; et toi, Guy de Vere,
n'as-tu de larmes? pleure maintenant ou jamais plus! Vois! sur cette
morne et rigide bière gît ton amour, Lénore! Allons! que l'office
mortuaire se lise, le chant funèbre se chante! Une antienne pour la
morte la plus royale qui jamais soit morte si jeune, une psalmodie pour
elle, morte deux fois parce qu'elle est morte si jeune!

« Misérables! vous l'aimiez pour sa richesse et la haïssiez pour son
orgueil, et quand sa santé chancela vous la bénissiez, parce qu'elle
mourait. Comment donc le rituel sera-t-il lu? Le requiem, chanté par
vous, par toi, l'oeil mauvais, par toi, la langue infamante, qui avez causé
la mort de l'innocence qui est morte si jeune? » 

« Peccavimus ; mais ne délire pas de la sorte! et qu'un chant du sabbat
monte à Dieu si solennellement qua la morte ne sente de mal! La suave
Lénore a <<pris les devants>> avec l'espoir qu volait à côté, te laissant
dans l'égarement à cause de cette chère enfant qui aurait été ton épousée,
elle la belle et de grand air qui maintenant gît si profondément, la
vie sur la blonde chevelure, mais pas dans les yeux, la vie là encore,
sur la chevelure, la mort aux yeux ». 

« Arrière! ce soir j'ai le coeur léger. Je n'entonnerai de chant mortuaire,
mais soutiendrai, dans son vol, l'ange par un Péan des vieux jours!
Que ne tinte de glas! de peur que son âme suave, parmi sa religieuse
allégresse, n'en saisisse la note, comme Elle plane sur la Terre maudite.
Vers les amis d'en haut, aux démons d'en bas le fantôme indigné
s'arrache à l'Enfer, vers une haute condition au loin dans les Cieux,
aux pleurs et aux plaintes, vers un trône d'or à côté du Roi des Cieux ». 

ESPAÑOL

RESEÑA BIOGRAFICA (Biography)

Nacido el 19 de enero de 1809, en Boston, hijo de Elizabeth y David Poe, actores de teatro, fue forjando su carácter a través de varios factores importantes que influyeron en su desarrollo intelectual: la herencia de sus padres tuberculosos significó, tal vez, la salud debilitada y la poca resistencia al alcohol que padeció durante su vida, la época que los Estados Unidos atravezaba y los cambios sociales que le tocaron vivir, la guerra entre el Sur y el Norte, la esclavitud, las leyendas de horror y misterio que los negros contaban, el hecho de que desde muy pequeño se quedara huérfano y el saber que vivía de la caridad, los problemas que siempre tuvo con su protector (John Allan), su desarrollo como ciudadano sureño (estado de Virginia), su estancia en Escocia y Londres. Todos ellos fueron cuestiones fundamentales que establecieron los cimientos de lo que sería el trabajo de Poe.

Durante su adolescencia ya empezaba a escribir poemas con los que enamoró a una larga lista de jovencitas, su mayor influencia fue Byron aunque leía todo lo que estaba a su alcance. Su vida universitaria fue rebelde y libertina, a pesar de que siempre estuvo en jaque por el poco apoyo económico que recibía por parte de su protector, también en esta época es cuando el poeta empieza a beber. Lo curioso es que unas cuantas copas bastaban para desquiciarlo; no tenía gran resistencia. Después de su paso por la universidad, Poe rompe relaciones con su protector y sale de su hogar hacia Boston; la miseria y el hambre lo acompañaron y no tuvo más remedio que enrolarse en el ejercito, situación que duró dos años, por lo que tuvo que volver a recurrir a John Allan en busca de ayuda, la cual le fue concedida a cambio de que aceptara un cargo en una Academia Militar, pero a los pocos meses fue despedido por negligencia en el deber, hecho que marcó el rompimiento definitivo del poeta con su protector (por esos entonces, recientemente viudo).

Con la posterior muerte de John Allan, el poeta pierde toda esperanza de que su trabajo literario se realizara en condiciones económicas favorables.

En 1832 se va a vivir con una tía y una prima a Baltimore, en donde estableció sus primeros contactos para publicar su trabajo. Luego se casó con su prima, Virginia Clemm -doce años menor que él-, con la cual vivió gran parte de su vida e influyó notoriamente en varios de los escritos del poeta.

Poe radicó en varias ciudades, Nueva York , Filadelfia, Baltimore, en donde trabajó en revistas como crítico, labor que le costó muchas enemistades por la clase de crítica que realizaba; destrozaba a sus contemporáneos. La característica principal de todos estos empleos radicaba en que recibía un sueldo mísero, pero a cambio le daban la oportunidad de publicar sus relatos y alcanzar la fama. Tristemente, sólo la fama, porque la mayor parte del tiempo vivió en la más absoluta miseria, con algunos lapsos de relativa calma.

Edgar Allan Poe escribió alrededor de sesenta cuentos, además de una serie de poemas, aunque a este género no le dedicó el tiempo que él hubiera deseado debido a su precaria situación económica. Algunos de sus relatos más conocidos son: El Escarabajo de Oro, Los Crímenes de la Calle Morgue, El Corazón Delator, El Barril de Amontillado, El Gato Negro, Eureka, La Caída de la Casa Usher, El Retrato Oval, La Máscara de la Muerte Roja. En los que podemos apreciar el genio de Poe, algunos, escritos en momentos de lucidez y otros producto de las crudas crisis que tenía por su afición al alcohol -y a las drogas, según afirman sus contemporáneos-. Es así como hoy han llegado hasta nuestros días todas estas joyas de la literatura, producto del genio intelectual que sólo alguien como Edgar Allan nos pudo regalar.

Al final de su difícil vida, Poe estaba hundido absolutamente en la desgracia; con la muerte de Virginia (1947), su vida se vino abajo, mantuvo relaciones con Sarah Helen Whitman y con Elmira, su novia de juventud, pero ya todo estaba resuelto, nunca se volvería a levantar.

Edgar Allan Poe murió el 7 de octubre de 1849, después de un fatigoso viaje a Richmond . Acabado, en un hospital de Baltimore, sus últimas palabras fueron: "Que Dios ayude a mi pobre alma".

LA MASCARA DE LA MUERTE ROJA (The Mask of the Red Death)

Durante mucho tiempo, la "Muerte Roja" había devastado la comarca. Jamás peste alguna fue tan fatal, tan horrible. Su encarnación era la sangre: el rojo y el horror de la sangre. Se producían dolores agudos, un repentino vértigo, luego los poros rezumaban abundante sangre, y la disolución del ser. Manchas púrpuras en el cuerpo y particularmente en el rostro de la víctima, segregaban a ésta de la humanidad y la cerraban a todo socorro y a toda compasión. La invasión, el progreso y el resultado de la énfermedad eran cuestión de media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios perdieron la mitad de su población, llamó a un millar de amigos fuertes, vigorosos y alegres de corazón, escogidos entre los caballeros y las damas de su corte, y con ellos formó un refugio recóndito en una de sus abadías fortificadas. Era una construcción vasta y magnífica, creación del propio príncipe, de gusto excéntrico y, no obstante, grandioso. La rodeaba un espeso y elevado muro, y este muro tenía puertas de hierro. Una vez que entraron en ella los cortesanos, se sirvieron de hornillos y de mazas para soldar los cerrojos. Resolvieron atrincherarse contra los súbitos impulsos de la desesperación del exterior y cerrar toda salida a los frenesíes del interior. La abadía fue abastecida ampliamente. Gracias a estas precauciones, los cortesanos podían desafiar al contagio. Que el mundo exterior se las compusiera como pudiese. Entretanto, sería una locura afligirse o meditar. El príncipe había provisto aquella morada de todos los medios de placer. Había bufones, improvisadores, danzarines, músicos, hermosura en todas sus formas, y había también vino. Dentro, había todas estas bellas cosas, y además, seguridad. Fuera, la "Muerte Roja".

Ocurrió hacia el fin del quinto o sexto mes de su retiro, y en tanto que la plaga, afuera, hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero obsequió a sus mil amigos, con un baile de máscaras de la mas insólita magnificencia.

¡Qué voluptuoso cuadro el de aquel baile de máscaras! Permítaseme en primer lugar describir las salas donde tuvo lugar. Había siete; una hilera imperial. En muchos palacios, estas series de salones forman largas perspectivas en línea recta cuando los batientes de las puertas se abren de par en par, de tal manera que la mirada penetra hasta el fondo sin obstáculo. Aquí, el caso era muy diferente, tal y como podría esperarse de parte del duque y de su gusto y preferencia por lo bizarre. Las salas se encontraban tan irregularmente dispuestas, que la mirada no podía abarcar sino una sola a la vez. Al cabo de un espacio de veinte o treinta yardas se presentaba un brusco recodo, y en cada una de estas revueltas un aspecto diferente. A derecha e izquierda, en medio de cada pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía las sinuosidades del aposento. Cada ventana ostentaba vidrios de colores en armonía con el tono dominante del decorado de la sala sobre la cual se abría. La que ocupaba la extremidad oriental, por ejemplo, estaba decorada en azul, y los ventanales eran de un azul vivo. La segunda sala estaba decorada y guarnecida de color púrpura, y las vidireras eran asimismo de color púrpura. La tercera, enteramente verde, y verdes las ventanas. La cuarta, anaranjada, estaba iluminada por una ventana del mismo color. Y 1a quinta, blanca; y la sexta, violeta. La séptima estaba rigurosamente forrada de colgaduras de terciopelo negro, que revestían techo y muros y recaían en pesados pliegues sobre un tapiz de la misma tela y del mismo color. Pero únicamente en esta sala, el color de las ventanas no correspondía al de la decoración. Los cristales eran escarlata, de un color intenso de sangre.

Ahora bien, en ninguna de estas salas veíase lámpara ni candelabro alguno, entre los adornos de oro esparcidos con profusión o suspendidos de los techos. Ni lámparas, ni; velas; ninguna luz de esta clase en la larga serie de salas. Pero, en los corredores que las rodeaban, y exactamente enfrente de cada ventanal, se levantaba un enorme trípode con un ígneo brasero que proyectaba sus rayos al través de los cristales de color e iluminaba la sala de una manera deslumbrante. Producíanse así una multitud de aspectos cambiantes y fantásticos. Pero, en la sala del lado poniente, en la cámara negra, la claridad del brasero, que se reflejaba sobre las negras colgaduras a través de los cristales sangrientos, era terriblemente siniestra, y les daba a las fisonomías de los imprudentes que allí entraban un aspecto de tal modo extraño, que muy pocos bailarines se sentían con el valor suficiente para entrar en aquel mágico recinto.

También en esta sala erguíase, apoyado contra el muro del oeste, un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un tictac sordo, pesado, monótono; y cuando la aguja de los minutos había recorrido el cuadrante y la hora iba a sonar, salía de los pulmones de bronce de 1a máquina un sonido claro, estrepitoso, profundo y excesivamente musical, pero de un timbre tan particular y de una energía tal, que de hora en hora los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir durante un instante sus acordes para escuchar la música de las horas, y las parejas que bailaban cesaban por fuerza sus evoluciones. Una perturbación momentánea recorría a toda aquella alegre multitud, y mientras sonaban las campanas podía notarse que palidecían hasta los más vehementes, y los más sensatos y de más edad se pasaban la mano por la frente como si se hundieran en meditaciones o en ensueños febriles. Pero, apenas desaparecían del todo aquellos ecos, circulaba por toda la asamblea una leve hilaridad; los músicos se miraban los unos a los otros, sonreíanse de sus nervios y de su locura, y se juraban por lo bajo entre ellos que la próxima vez que sonaran las campanadas, no sentirían la misma impresión; y luego, cuando, después de la huida de los sesenta minutos que comprendían los tres mil seiscientos segundos de la hora pasada, se escuchaban de nuevo las campanas del fatal reloj, se producía la misma turbación, el mismo escalofrío y las mismas ensoñaciones febriles.

Pero a despecho de todo esto, la orgía continuaba alegre y magnífica. El gusto del duque era muy especial. Tenía un ojo certero en lo tocante a los colores y sus efectos. Desdeñaba los gustos de la moda. Sus planos eran temerarios y salvajes y sus concepciones brillaban con un esplendor bárbaro. Hay personas que lo hubieran juzgado loco. Pero sus cortesanos sabían bien que no lo estaba; pero era preciso comprenderlo, verlo, tocarlo para estar seguro de que, en efecto, no lo estaba.

Con ocasión de esta gran fiesta, se había ocupado personalmente de la decoración y del mobiliario de las siete salas, y fue su gusto personal el que dirigió el estilo de los disfraces. No cabía duda de que eran concepciones grotescas. Era deslumbrador, brillante; había cosas chocantes, fantásticas; mucho de lo que después se ha visto en Hernani. Había figuras verdaderamente arabescas con siluetas y ropajes incongruentes; fantasías monstruosas como la locura; había mucho de bello, de licencioso, de extraño, algo de terrible y no poco de lo que podría producir repugnancia. En resumen, era como una multitud de sueños que se pavoneaban de un lado a otro por las salas. Y estos sueños se contorsionaban en todos sentidos, tomando el color de las salas; hubiérase dicho que la extraña música de la orquesta era el eco de sus propios pasos. Y, de tiempo en tiempo, se oye el reloj de ébano de la sala de terciopelo. Y entonces, durante un momento, todo se detiene, todo enmudece, excepto la voz del reloj. Los sueños se quedan helados, paralizados en sus posturas. Mas los ecos de la sonería se desvanecen -no duraron sino un momento- y, apenas huyen, una hilaridad leve y mal contenida circula por doquier. Y la música suena de nuevo, reavívanse los sueños; aquí y allá los danzarines se retuercen más alegremente que nunca, reflejando el color de las ventanas a través de las cuales fluyen los rayos de los trípodes. Pero ninguna cara osa ahora aventurarse en aquella sala que queda allá, al oeste; porque la noche ha avanzado y una luz más roja fluye al través de los cristales de color de sangre, y la negrura de las colgaduras fúnebres es aterradora; y para aquél que ponga el pie sobre la negra alfombra, brota del reloj de ébano un resonar más pesado, más solemnemente enérgico que el que llega a los oídos de las máscaras que se divierten en las salas
más apartadas.

Pero en estas otras salas había una densa multitud y el corazón de la vida latía allí febrilmente. Y la fiesta continuaba siempre su torbellino, cuando al cabo sonaron los tañidos de medianoche en el reloj. Entonces, como ya se dijo, calló la música y se detuvieron las evoluciones de los que bailaban; se produjo donde quiera, como antes, una ansiosa inmovilidad. Pero el tañido del reloj debía ahora componerse de doce campanadas. Por eso fue tal vez que, teniendo más tiempo, se insinuó una mayor cantidad de pensamientos en las meditaciones de los pensativos que se hallaban entre los que se divertían. Y quizás por eso mismo muchas personas de entre la multitud, antes de que se ahogaran en el silencio los últimos ecos de la última campanada, tuvieron tiempo de notar la presencia de una máscara que hasta ese momento no había llamado la atención de nadie. Y habiendo corrido en un susurro la noticia de aqúella intrusión, se suscitó entre la concurrencia un cuchicheo, un murmullo significativo de asombro y desaprobación, y luego, por último, de terror, de horror y de repugnancia.

En una reunión de fantasmas como la que he descrito, era preciso sin duda una aparición del todo extraordinaria para causar tal sensación. La licencia carnavalesca de aquella noche, era, a la verdad, casi ilimitada; pero el personaje en cuestión había sobrepasado la extravagancia de un Herodes, y franqueado los límites -muy amplios, no obstante- del decoro impuesto por el principe. Hay en los corazones más temerarios, cuerdas que no se dejan tocar sin emoción. Incluso entre los depravados, entre aquellos para quienes la vida y la muerte son igualmente un juego, hay cosas con las que no se puede jugar. Toda la concurrencia pareció entonces sentir profundamente el mal gusto y la inconveniencia de conducta y de vestido de aquel extraño. El personaje era alto y delgado y estaba envuelto en un sudario de la cabeza a los pies. La máscara que ocultaba su rostro representaba tan bien el semblante de un cadáver rígido, que el análisis más minucioso difícilmente hubiera descubierto el artificio. No obstante, todos aquellos locos alegres hubieran podido soportar, si no aprobar, aquella burda broma. Pero la máscara había llegado hasta a adoptar el tipo de la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban manchadas de sangre, y su amplia frente, lo mismo que los rasgos de su rostro, estaban salpicados del horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre esta figura espectral -la que, con movimientos lentos, solemnes, enfáticos, como para mejor representar su papel, se paseaba por aquí y por allá entre los que bailaban, se le vio, en primer lugar, conmoverse por un violento estremecimiento de terror y de asco; pero un segundo después, su frente enrojeció de ira.

-¿Quién se atreve -preguntó con voz ronca a los cortesanos que se hallaban junto a él-, quién se atreve a insultarnos con esa ironía blasfema? ¡Apoderaos de él y desenmascaradle! ¡Que sepamos a quién hemos de ahorcar en nuestras almenas al salir el sol!

Era en la sala del este, o sala azul, donde se encontraba el príncipe Próspero cuando pronunció estas palabras. Resonaron fuerte y claramente a través de los siete salones, porque el príncipe era un hombre imperioso y robusto y la música había enmudecido a una señal de su mano.

Era en la sala azul donde estaba el príncipe, con un grupo de pálidos cortesanos a sus lados. Primero, mientras él hablaba, hubo entre el grupo un leve movimiento de avance en dirección del intruso, quien durante un momento estuvo casi al alcance de sus manos, y que ahora, con paso deliberado y majestuoso, se acercaba más y más al príncipe. Pero, por cierto terror indefinible que la audacia insensata de la máscara había inspirado a todos los allí reunidos, no hubo nadie que pusiera la mano en ella, aun cuando, sin encontrar ningún obstáculo, pasó a dos pasos de la persona del príncipe; y en tanto que la inmensa asamblea, como si obedeciera a un solo movimiento, retrocedía del centro de la sala a las paredes, la máscara continuó su camino sin interrupción, con aquel mismo paso solemne y mesurado que la había singularizado desde el principio, de la sala azul a la sala púrpura, de la sala púrpura a la sala verde, de la verde a la anaranjada, de ésta a la blanca, y de la blanca a la violeta, antes de que nadie hiciera un movimiento decisivo para detenerla. Fue entonces, cuando el príncipe Próspero, exasperado de ira y de vergüenza por su momentánea cobardía, se lanzó precipitadamente a través de las seis salas sin que nadie lo siguiera, porque un terror mortal se había apoderado de todo el mundo. Blandía un puñal y se había aproximado impetuosamente a una distancia de tres o cuatro pasos del fantasma que se batía en retirada, cuando éste, llegado a la proximidad de la sala de los terciopelos, se volvió bruscamente y afrontó a quien lo perseguía. Sonó un grito agudo, y el puñal se deslizó relampagueante sobre la alfombra fúnebre, donde el príncipe cayó muerto un segundo después. Entonces, invocando el frenético valor de la desesperación, una multitud de máscaras se precipitó a la vez en la sala negra, y, asiendo al desconocido que se mantenía, como una gran estatua, rígido e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, se sintieron sofocados por un terror sin nombre, al ver que no había ninguna forma palpable bajo el sudario y la máscara. Todos reconocieron entonces la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche.

Y todos los convidados cayeron uno a uno en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la postura desesperada de su caída. Y 1a vida del reloj de ébano desapareció con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y las Tinieblas, y la Ruina, y la Muerte Roja tuvieron sobre todo aquello ilimatado dominio.